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  • Elkin Botero

¿Realmente eres feliz en lo que haces?

Ana es una profesional exitosa, su carrera siempre ha venido en ascenso, cada cargo que ha desempeñado en sus ya más de 20 años de ejercicio profesional han sido el trampolín para algo mejor, ha pasado por diferentes áreas y en cada una de ellas ha desarrollado y fortalecido no solo sus competencias sino su carácter para el cargo donde está hoy, su experiencia en diferentes compañías, así como sus estudios en el exterior la han convertido en un mujer que a los cuarenta y tantos años (nadie sabe realmente cuantos son los tantos) es firme candidata para ocupar la máxima posición en su empresa, solo es cuestión de tiempo para que al retiro del actual presidente, quien la aprecia, escucha y pide consejo, asuma las riendas del grupo empresarial en el que lleva ya cerca de diez años y donde se ha granjeado no solo el respeto, sino la admiración de sus colegas y subalternos, así como el agradecimiento de los accionistas.


Pero las personas que conocen a Ana desde hace años han notado que no es la misma, su carácter ha cambiado, ya no actúa de la misma forma que lo hacía y de hecho ha dejado de defender muchas de sus ideas y filosofía de trabajo que la caracterizaban, todo por satisfacer las necedades de su jefe, por mantener su estatus quo y por mantenerse en su posición, pues su jefe, es un ser bastante especial, por no decir difícil, un ser humano que lo ha tenido todo en la vida, que no le ha costado esfuerzo llegar donde está pues era el único sucesor probable del negocio familiar, al punto de no querer estudiar y manejar las compañías más por instinto y ego que por conocimiento y habilidad.


A este personaje le cabe como anillo al dedo el cuento de “El traje nuevo del emperador” de Hans Christian Andersen, un emperador al que le encantaba su apariencia y llamar la atención de todos con sus trajes y lujos, para que todos lo halagaran, alabaran y colmaran de regalos, so pena de ser desterrados de la corte, un emperador soberbio y arrogante que siempre creía tener la razón y al que le llevara la contraría, inmediatamente lo desterraba de su reino. La personalidad y actitud de este directivo era tal cual la del emperador y todos caían en sus juegos de poder y ambición, dándole la razón en todo, siguiendo sus caprichos, complaciendo sus deseos por absurdos que fueran para mantenerse en su corte y no ser desterrados de ella, corte que era de unos pocos elegidos y a los cuales les exigía entrega total no solo profesionalmente, que es lógico, sino a nivel personal, pues era una persona absorbente, dominante y con una necesidad permanente de controlar la vida personal y familiar de su pequeño círculo.


Ana fue presa de este proceso y rápidamente a su llegada a la organización se convirtió por su inteligencia, experiencia y habilidad en miembro de ese exclusivo club, al principio pudo imponer algunas ideas, que generaban cambios radicales en la forma como hasta entonces se hacían las cosas y que eran necesarias para el crecimiento esperado de la compañía, al punto de salvar algunas unidades de negocio que estaban ya desahuciadas por la junta directiva y que le ayudaron a duplicar el tamaño del negocio en menos de tres años de gestión, hasta ahí todo pintaba bien, pero el ego del señor presidente no tardó mucho en sentir pasos de animal grande y empezó de nuevo a ejercer su poder poco constructivo y a imponer sus ideas, absurdas muchas por su falta de profesionalismo, pero Ana como estaba ya acostumbrada al poder y a los beneficios recibidos por su trabajo, además de la presión constante a nivel social y personal ejercida por su jefe, mermó su impulso, se acomodó a la situación y el crecimiento del negocio pasó factura.


Los que conocemos a Ana de tiempo atrás nos preguntamos: ¿estará realmente feliz haciendo lo que hace, permitiendo que personas sin talento sean impuestas en su área solo porque son del agrado o el deseo del presidente de la compañía?, ¿es válido ceder a tu carácter, principios y metas por no llevar la contraria a tu jefe y no salir de su círculo de confianza?


Esta historia que tiene mucho de realidad y algo de ficción es bastante común en las organizaciones, donde las personas talentosas y con ganas de transformar, innovar y hacer cosas diferentes, terminan cediendo sus sueños y principios por no perder el estatus alcanzado o por no perder el aprecio y protección del jefe de turno y de paso siendo infelices en su trabajo.


No se trata de que seamos rebeldes sin causa o de que estemos siempre remando a contracorriente, eso es terquedad y falta de estrategia, pero si se trata de ser consecuente con mis principios, de hacer respetar mi criterio y no temer debatirlo por miedo a perder mi posición, si uno siente que ha sido contratado para hacer algo que cambie el rumbo del negocio, es justo eso lo que debes hacer, pues llegar a una posición para seguir haciendo de títere del sistema y no poder cambiar nada es renunciar a una parte importante de la vida y de paso a ser infeliz en lo que haces.


Bien lo citaba Facundo Cabral, aquel que trabaja en lo que no ama, es un desocupado y yo diría parafraseándolo:

Aquel que no es feliz en lo que hace, se está engañando a si mismo y está saboteando su vida…
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